La calidad del aire en interiores en la urbe, cosas a tener en cuenta.

Algunos aparcamientos subterráneos parecen un pozo cerrado donde se concentran los humos emitidos por la combustión de la gasolina de los vehículos. Parecen una solución a los parkings al aire libre. Así dejamos más espacio para los peatones y los parques y la vegetación tan necesaria en las urbes.

Las cocinas de bares, hoteles y restaurantes (en especial la campana extractora de los fogones) constituyen un riesgo para la vida cuando el mantenimiento ha sido negligente. Un incendio puede convertirse en una trampa de miles de grados centígrados cuando el fuego se expande por conductos llenos de aceite que se inflama y arrasa con todo.

Los sistemas de extracción de una lavandería acumulan restos de filamentos, algodón, lana y otros tejidos sintéticos. Estos restos se llaman borra. La borra debe ser recogida y eliminada periódicamente para que no se acumule. Es material inflamable que no debe acumularse. De no ser así, incurrimos de nuevo en una negligencia que puede provocar un fuego incontrolable.

Los conductos de climatización en general causan no pocas enfermedades respiratorias cuando no son sometidos a inspecciones periódicas para su mantenimiento. No hablamos de malos olores solamente sino de una calidad del aire que sea tan baja que provoque todo tipo de síntomas como cefaleas, mareos y malestar crónico. Cuando esto se da en el lugar de trabajo, donde pasamos tantas horas, la cosa se empieza a torcer de verdad.

En verano, la nave industrial de cualquier fábrica puede transformar su interior en un horno y hacer más que desagradable la jornada laboral de cualquier trabajador.

Todos estos peligros nos rodean porque vivimos en ciudades y las ciudades tienen multitud de servicios que se desarrollan rápidamente para mejor servir al ciudadano. Pero siempre hay un momento de desequilibrio donde se intenta hacer más fácil la vida sin tener en cuenta los riesgos que se derivan de esa actividad.

Esto en el pueblo, no pasaba…

 

La ciudad es el hogar de millones de personas

La ciudad es el lugar donde, de forma inequívoca, el ser humano del siglo XX eligió para asentarse y prosperar. Y aunque no todo el mundo entiende esa prosperidad de la misma forma, está claro que las ciudades no van a desaparecer como tal.

Antes, la persona que vivía en el pueblo estaba constantemente en lugares abiertos. La siembra y la cosecha era a cielo abierto. Las casas tenían paredes anchas que protegían del calor y aislaban del frío en cada estación. La vida se repartía en pequeñas estancias fáciles de calentar en invierno y frescas en verano. El corral estaba abierto. Al final, los únicos lugares donde se enceraba uno entre cuatro paredes eran la casa familiar al final de la jornada, el bar de tarde en tarde y la iglesia los domingos y fiestas de guardar.

En la ciudad los espacios de convivencia no suelen ser al aire libre. Hay casas, edificios, naves industriales y espacios subterráneos. Nos desplazamos en autobuses donde varias personas respiran el mismo aire. Todo se reduce. Todo se comprime.

Aprovechar la ocasión de obtener una vivienda cerca de nuestro lugar de trabajo u optar a un colegio más adecuado para nuestros hijos pasa la mayoría de las veces por vivir en la ciudad.

Pero el urbanita debe aceptar el pacto. El desarrollo y el progreso no pueden ser sinónimos de jungla de asfalto. La vida en la ciudad es fácil si la comparamos con la dureza de vivir del campo. Pero no se puede sacrificar la salud de la gente por nada de lo que nos ofrece la vida en las ciudades.

 

La conciencia de mejora del aire en interiores

La norma y la regulación suelen llegar tarde. Decimos tarde porque hasta que no llega el desastre, la administración no actúa y no se procede a crear una ley reguladora. Desde luego toma su tiempo y recursos públicos el alcance de cada nueva ley. Se deben realizar estudios y estandarizar lo máximo posible los ámbitos de actuación para que la legalidad sea aplicable sin distinción.

Hoy podemos decir que este proceso de mejora es imparable. La toma de conciencia de la población urbana de que se debe mejorar el espacio en el que habitamos, trabajamos o nos divertimos y sobre todo la conciencia de que está en nuestra mano exigir ese cambio ha hecho que la propia administración de a luz leyes que de década en década son revisadas y mejoradas.

Otros organismos certificadores como AENOR emiten normas UNE, que son aquellas especificaciones técnicas de aplicación repetitiva o continuada cuya observancia no es obligatoria. Se establecen con participación de todas las partes interesadas, que aprueba AENOR, organismo reconocido a nivel nacional e internacional por su actividad normativa (Ley 21/1992, de 16 de julio, de Industria).

La concesión del derecho de uso de la marca AENOR se gestiona generalmente a través de Comités Técnicos de Certificación, foros en los que están representados fabricantes, empresas explotadoras de servicios, consumidores y usuarios y la Administración. Así queda garantizada la imparcialidad y transparencia del proceso de certificación.

Veamos un ejemplo.

La Norma UNE 171350 es un inventario de aspectos ambientales que pueden influenciar a la Calidad de Aire Interior, (en adelante CAI) y en un sistema de puntos donde se evalúa la CAI en base a criterios de riesgo donde se deben cumplir ciertos parámetros.

Existen tres niveles que condicionan la evaluación de los parámetros implicados en la CAI.

El primero es el Nivel Objetivo. Se define por las condiciones aceptables de CAI establecidas en la norma.

El segundo es el Nivel de Vigilancia. Lo define la desviación de las condiciones adecuadas de CAI según el nivel objetivo. Se establecen acciones correctoras para su resolución en un plazo máximo de 3 meses. Pasado el plazo se procede al posterior seguimiento y control.

El tercero es el Nivel de Alerta. Como en el nivel anterior, este se define por las desviaciones respecto al Nivel Objetivo. La diferencia es que, debido a la gravedad de la desviación y los riesgos que implica, las acciones correctoras deben ser llevadas a cabo de manera urgente según el plazo dado por el técnico en CAI.

Hay tres niveles de gravedad según el riesgo. Estos están categorizados en leves, considerables y graves.

Se considera riesgo leve cuando es probable que los usuarios experimenten patologías poco relevantes como trastornos de corta duración, o que desaparecen al abandonar el recinto, sin alteración del estado general (dolor de cabeza, fatiga, nauseas etc.).

Se define como riesgo considerable la exposición de los usuarios a factores capaces de provocar síntomas leves pero duraderos en el tiempo o agravamiento de síntomas en personas sensibles. Estamos hablando de enfermedades respiratorias, sordera, infecciones, intoxicaciones no graves etc.

Los riesgos graves hacen referencia a las exposiciones que pudieran causar enfermedades muy graves o irreversibles para la salud como el cáncer o patologías que afecten a la reproducción o al desarrollo, etc. (carcinógenos potenciales, tóxicos para la reproducción y mutágenos).

Existen más normas que, a pesar de que su cumplimiento no es obligatorio y que la sanción no es aplicable por el incumplimiento de tal norma específica, si que pone de manifiesto la profesionalidad y la intención de empresarios y propietarios de oficinas, edificios e inmuebles.

En Dukto sabemos que un sello de garantía de calidad AENOR puede suponer en muchos casos la continuidad o no de muchos negocios. Por eso, siempre que usted quiera llevar a otro nivel superior la calidad de sus servicios, cuente con la experiencia de Dukto para garantizar su éxito.

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